Mi nombre es Ben-Ayun Musharraf Eldomar. Nombre clave Arraman. Inicio este diario el día 15 de Marzo del 18 después del dragón, entre las ruinas de lo que fue la ciudad de Barcelona. Mi grupo, la compañía Hermes, y yo descendimos desde las montañas del Montseny al recibir la señal de reencuentro desde un barco-residencia, el Century, creo. Pero me precipito. Empezaré desde el principio.
Subíamos al punto más alto de la sierra como cada último viernes del mes en busca de señales desde el mar. Habíamos dejado a Hans, nuestro oso
Volvíamos de una incursión cerca de Vic en busca de víveres, combustible, supervivientes…una misión escombra que dicen por aquí. No hubo suerte, llevamos en el remolque del toro algunos sacos con los pocos víveres en condiciones que encontramos pero espero que las otras patrullas hayan tenido más suerte o pasaremos hambre esta primavera. Por otro lado, ningún contacto enemigo, o casi. Hace dos días tropezamos con restos de uno de esos monstruos. Una montaña de excrementos de unos
Como iba diciendo ascendíamos por la empinada senda. El sol se estaba poniendo y yo lo agradecía. Recuerdo que cuando veía las películas de caballeros andantes de pequeño las cotas de malla me parecían maravillosamente livianas y flexibles. Sólo cuando estas obligado a llevar una debajo de tu chaleco militar te das cuenta de lo que pesan y de lo calurosas que resultan. Claro que si aquel chico que era yo entonces me viera ahora supongo que no sabría que pensar. Visto con mi equipo habitual de incursión: Botas militares, pantalón de camuflaje caqui, cinturón multiusos, cota de malla recortada en brazos y piernas a la altura de las articulaciones y chaleco militar por encima de esta. También levo una enorme mochila de las fuerzas españolas cargada hasta los topes y dos zurrones cruzados por encima del chaleco con mis ingredientes y papeles. Para completar la estampa, de mi cintura cuelga mi cimitarra, Lucía. Unos 30 kilos de peso tranquilamente. Una mierda, pero a todo te acostumbras en este nuevo mundo. Por lo menos a mí se me permitía, como a todos los zorros llevar armadura ligera. Zidane y Superlópez, nuestros alfiles completaban mi equipo con hombreras metálicas, peto, capucha de malla y refuerzos de metal en las articulaciones. Además cargaban a su espalda, colgando de sus mochilas, sendos escudos de acero redondos y enormes. Debían de cocerse con toda esa mierda encima en los días de verano pero ellos entran en combate cerrado y el acero es lo único que te protege de esas cosas.
Susurro me sobresaltó al aparecer de las sombras a mi lado. Debió darse cuenta de casi me mata del susto porque se disculpó.
-¡Caray! ¡Menudo salto! Casi echas a volar como esos hijos de puta, Arra –dijo medio riéndose con esa voz ahogada tan característica.
A Susurro le llamábamos así por su forma de hablar, herencia de una escaramuza en las que acabo con un pedazo de cristal incrustado en su garganta. Salió de esa gracias a Santamaría pero su voz nunca se recuperó.
-Vengo de la cima, todo despejado hasta arriba.
-Las cosas están muy tranquilas últimamente.
-¡Joder, Arra, coño! ¿Cómo te tengo que decir que no digas esas cosas? Trae mal fario.
Susurro era un cabrón supersticioso, como todos los gallegos. Se alejó echando pestes por lo bajini y santiguándose a cada paso. Yo nunca he creído en eso aunque viendo lo que vemos cada día la verdad es que entiendo que él lo haga. Susurro pasó al lado de Campeón dándole una palmadita en la espalda. A pesar de su nombre Campeón era como todos los gatos un poca cosa, delgado, ágil y escurridizo. Susurro es moreno y con ojos azules mientras que campeón es pelirrojo anaranjado, se rumorea que es hijo del embajador inglés, aunque tiene poco de diplomático. Le llamamos así porque siempre gana en los concursos de pedos, uno de los pocos divertimentos que tenemos cuando andamos de misión. Ninguno de los dos lleva acero encima, confían en su habilidad para desaparecer cuando empieza la acción.
Llegamos a la cima de la elevación y nos encaramos hacia el mediterráneo. Hacía ya dos meses que no recibíamos comunicación desde el mar así que afrontamos la espera con resignación. Yo aproveche para estudiar un poco los nuevos hechizos que me entregaron en el portaviones antes de partir. Alguno no estaba mal pero la mayoría parecían juegos de niños para mi. No es por echarme flores pero soy uno de los mejores zorros del cuerpo e incluso de vez en cuando he creado mis propios hechizos, algo muy poco frecuente en cualquier caso. Santamaría iba a encenderse un piti pero el teniente no se lo permitió. Desde allá arriba aquellos asquerosos olerían las cenizas desde km.
Aproximadamente unas dos horas después de llegar apareció el primer flash. Por supuesto, fue Susurro el que lo vio, ¡Que vista tiene el hijoputa! Como manda el procedimiento, el segundo flash se produjo a los 40 minutos siguientes y después se produjo el mensaje en Morse. Descifré el mensaje al instante. Debíamos bajar al puerto de Barna para recoger un paquete importante.
Cuando informe a mis compañeros del contenido del mensaje todos se quejaron de nuestra suerte, de las ideas del alto mando, de que siempre nos tocaban a nosotros los marrones… Sabían que atravesar Barcelona era duro. Manhattan los hizo callar y me ordenó confirmar que habíamos entendido el mensaje. Por un momento dudé en hacerlo ya que aceptar implicaba volver a poner mi vida y las de mis compañeros en peligro una vez más pero obedecí. Pronuncie la palabra de apertura “izcarion” y el trazado apareció ante mi. Un trazado de los más sencillos. A decir verdad no hubiera necesitado ni la palabra de apertura, lo había realizado tantas veces que podía mover mis dedos a lo largo del recorrido mágico que aparecía ante mi con los ojos cerrados. Mis compañeros, por supuesto, no veían nada de nada. Sólo a mí moviendo los dedos en el aire como si fuera un imbécil pero si que vieron lo que ocurrió cuando llegué al final del trazado. Un intento flash de luz apareció de las palmas de mis manos, un flash de la duración exacta para que mis homónimos en barco entendieran que aceptábamos la misión.
Ahora teníamos que movernos. Aquellos cabrones no veían bien de noche pero el flash se pudo haber visto desde cualquier punto entre nosotros y el mar. Recogimos los bártulos y empezamos a bajar por la senda de vuelta a Hans y al toro. Tuvimos suerte. Ninguna sombra cubrió el cielo durante nuestro descenso.
